Iluminados por la Cruz: charla con Mamerto Menapace

 El 1° de abril, la figura del Padre Mamerto Menapace nucleó en la Sala de Convenciones de la Municipalidad de Villa Carlos Paz a los  docentes católicos de las escuelas de la zona. En palabras de uno de los organizadores del evento, el Lic. Rubén Lucero Sánchez, el objetivo era generar un espacio para el encuentro, un espacio único e indispensable en una sociedad que solo suele convocarnos para pensar en nuestros problemas. El gesto, entonces, era romper la inercia de lo cotidiano para preguntarnos por los sentidos en el contexto de la significatividad de la Semana Santa. 

Referente indiscutido, el padre Menapace se define a sí mismo desde su lugar de monje, recordándonos la importancia del rezo, de la meditación, de la escucha, de la reflexión y del pensamiento. 

Con una humildad que solo se encuentra en los grandes espíritus, en aquellos que hablan a partir de la experiencia en unidad con el conocimiento, Mamerto Menapace nos movilizó a pensar qué significa ser docente en una institución católica.  Y desarrolló un doble llamado a creer: se trata de creer por un lado en los valores a transmitir en nuestra tarea de educadores y, por otro, de creer en la fertilidad en el corazón de nuestros alumnos. 

El tema del devenir en cada uno de los estudiantes, eso que hoy es cada uno de ellos y que solo el tiempo nos permitirá terminar de encontrar, fue una de las claves de la reflexión. La escuela, nos recordó, no es lugar de cosecha sino solo lugar de siembra. Rescatando figuras fundamentales para nuestro ser colectivo, se preguntó qué hubiera ocurrido si, allá por el 1920, una catequista de algún lugar alejado en el mundo hubiera sabido que entre sus alumnos estaba la Madre Teresa de Calcuta. O qué hubiera pasado si quien le prestó el violín a un chico al que le gustaba tocar la guitarra, hubiera sabido que ese era Atahualpa Yupanqui. 

Cada uno de nuestros alumnos es eso: un corazón fértil, único, en constante devenir. “Educar no es llenar cántaros, sino encender antorchas”, volvió a recordarnos.

Cuando llegó el momento de focalizar la charla en esta celebración de Semana Santa, el Padre Menapace se preguntó cuál es el significado de la Cruz y nos invitó a dejar de pensarla como un signo en el que potenciar la idea de dolor. La Cruz como símbolo de muerte nos distrae de su sentido vital: el símbolo de la Cruz nos une a la idea de vida. “Nadie me quita la vida, yo la doy”, dijo Jesús.

De allí que la muerte de Cristo nos permita sentirnos nucleados con Él: es la posibilidad de que su vida se derrame en una común unión con las nuestras. Y allí cobra significado, entonces, la idea de la Pascua. La pasión, la muerte y la resurrección nos llevan al concepto de entrega. Cristo aceptó la Cruz para liberar su vida y entregarla, de allí que estemos para siempre iluminados por la Cruz. 

Con una intensa capacidad crítica, siempre atravesada por el humor y la sonrisa -no como lugar de evasión, sino como forma de pararse frente a la vida y repensarla-,  Menapace reflexionó también, en esta fecha tan clave, sobre la historia del catolicismo y sus métodos, entendiendo que como institución, la Iglesia no puede sortear algunas prácticas, como los años de opresión de los pueblos que habitaron América antes de la llegada del catolicismo. Menapace se permite y nos permite aceptar el desafío de pensar nuevos métodos y un nuevo ardor para la evangelización. 

En nuestra vida cotidiana, podemos tener nuestras propias cruces. Y el encuentro de docentes católicos nos llevó a pensar en ellas como una parte del amor. “El que se compromete a amar, se compromete a sufrir”, nos recordó el Padre, describiéndonos a María en el exacto momento de ver el sufrimiento de su hijo en la Cruz. 

Para concluir y plasmar uno de los mensajes centrales en esta celebración del tiempo pascual, citamos una propuesta que hoy compartió con nosotros el Padre Menapace:

“Que lo que nos toque de cruz, sepamos verlo con rostro de resurrección y de vida”.

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