24 de Marzo – Día de la Memoria

26 Mar 2014

Las siguientes palabras de la Prof. María Eugenia Ramírez invitaron a reflexionar a toda la comunidad educativa sobre la significatividad del Día de la Memoria por la Verdad y la Justicia.

Los invitamos a compartirlas…

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     Fue un 24 de marzo de 1874 que nació Harry Houdini, el famoso escapista e ilusionista húngaro. También un 24 de marzo, pero de 1905 murió Julio Verne, el escritor francés considerado por muchos uno de los padres de la ciencia ficción. Hubo nacimientos y muertes de famosos y desconocidos. Sin embargo, ninguno de estos hechos explica el feriado del lunes.

     El feriado del lunes existe desde que un 22 de agosto de 2002, el gobierno nacional sancionara la ley 25.633 que declara la fecha del 24 de marzo el Día Nacional de la Memoria por la Verdad y la Justicia.

     Probablemente lo aprovechemos para dormir un ratito más o lo vivamos como una extensión del fin de semana. Tal vez más de uno festeje un cumpleaños, el propio, el de un hermano o por qué no el de algún amigo. Todo eso está perfecto, pero también es cierto que las mañanas del 24 de marzo no deberían ser las mismas para los argentinos desde aquel miércoles de 1976.

     ¿Por qué no? Porque aquella fecha fue la elegida por un grupo de militares, encabezados por los ya difuntos Jorge Rafael Videla, Emilio Eduardo Massera y Orlando Ramón Agosti, para derrocar el débil gobierno de María Estela Martínez de Perón e instalar en el poder una de las gestiones más crueles que sufriera la historia de nuestro país.

     Tras la muerte de Videla, ocurrida el 13 de mayo de 2013, una de las afirmaciones más sensatas que leí decía más o menos así:

Familia Videla:

Ahí está el cuerpo. Sin habeas corpus, ahí tienen el cuerpo. Unos papeles y es suyo. Que conste que lo reciben sin quemaduras ni moretones. Podríamos haberlo golpeado, pero preferimos no hacerlo. No lo tiramos desde un avión,  no lo animamos a cantar con descargas de picana. No fue violado ni vio cómo violaban a su hija o a su esposa. No tuvo un hijo acostado en el pecho mientras le daban máquina. No lo fusilamos para decir que murió en un enfrentamiento. No lo mezclamos con cemento. No lo enterramos en cualquier parte como NN. No le robamos sus nietos. Acá tienen el cuerpo. Quien lo quiera llorar, sabrá perfectamente dónde encontrarlo.

  ¿Y por qué lo traigo a colación? Porque abogo, como miembro de esta escuela, por un 24 de marzo que sea un llamado a la reflexión en torno los conceptos de Memoria, Verdad y Justicia, y no una jornada destinada al revanchismo o la venganza. Porque pedir juicio y castigo a los responsables de la tortura, muerte y desaparición de 30.000 personas de diferentes edades no es sino un acto de fe en el sistema democrático.

     ¿Y por qué es importante destacar estos derechos de la familia Videla? Porque es necesario reconocer que, paradójicamente, los derechos de los que ellos gozan han sido resultado de la lucha de quienes murieron, desaparecieron o se exiliaron durante el tiempo que duró el terrorismo de Estado. También son resultado de la lucha que durante años llevaron adelante asociaciones civiles como HIJOS, Madres y Abuelas de Plaza de Mayo. Es importante que reconozcamos que los derechos de los que hoy gozamos no son el simple resultado de haber nacido humanos, como el liberalismo nos ha querido convencer; los derechos de los que hoy gozamos no son sino el resultado de la lucha de generaciones anteriores a la nuestra que no sólo fueron capaces de imaginar un mundo mejor y más justo, sino  que se constituyeron en protagonistas del cambio.

     Lamentablemente hemos heredado de aquel nefasto gobierno además de la deuda externa y el modelo neoliberal una idiosincrasia política que en algunos se manifiesta en el no te metas, y en otros en la tendencia por un lado a la filiación y el amor acrítico y, por otro, a la crítica desalmada y encarnizada de todo aquel que piense diferente.

     Estoy convencida como estudiante de Ciencia Política, como docente y fundamentalmente como ciudadana que lo importante de la fecha, más que ahondar en los métodos y prácticas que hiciera habituales ese gobierno durante siete años, es destinarlo a la reflexión de las consecuencias de esa historia; consecuencias que no sólo se miden en cantidad de desaparecidos, sino también en modelos económicos impuestos cómodamente en los años subsiguientes y en las formas lamentables de dirigir un espacio público supuestamente democrático.

     Creo fervientemente que en tiempos de individualismo, apatía y desconsideración de todo aquello que no me afecte directamente y en tiempo presente, la escuela debe ser un lugar de reflexión. Reflexionar por ejemplo el uso político que se le ha dado a la palabra memoria: ¿de qué memoria hablamos?, ¿qué es lo que debemos recordar?, ¿por qué sólo eso y no también tantas otras cosas que históricamente diferentes sectores de poder han tratado de invisibilizar y por las que es necesario también pedir justicia?

     Creo también que la escuela no debe desconocer ni abandonar nunca su función socio-política porque es allí donde es posible difundir la idea de que la política no es el arte de la confrontación, sino de la deliberación y el consenso; donde es posible enseñar que la democracia es algo que se construye no desde el enfrentamiento, la exclusión y el corporativismo sino desde la abierta aceptación de que somos y pensamos distinto y de que hay instituciones que cuentan más que los intereses de un grupo. Solamente allí es posible propagar en las nuevas generaciones la idea de que la ciudadanía es algo se que conquista.

     Ojalá estas palabras sirvan para hacer de la jornada del lunes, y  por qué no de alguna otra, un día de reflexión de todos y cada uno de los que hoy nos encontramos aquí reunidos.  Ojalá hayamos aprendido que la violencia es sólo el poder del más fuerte sobre el más débil, pero que habitualmente no sólo dura poco sino que construye poco, del mismo modo que construye poco el camino del olvido. La experiencia nos ha demostrado que sólo a partir de la verdad y la justicia es posible reconstruir la desgarrada trama social.

     Sirvan estas palabras como reflexión de nuestra responsabilidad cívica; como un voto de confianza en las nuevas generaciones, en el sistema educativo y fundamentalmente en la democracia.

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