Carta a nuestra Directora Adriana Di Francesco

Villa Carlos Paz, 30 de marzo de 2017

Querida Adriana:

Hoy elegimos escribirle una carta. Porque las palabras son para usted y queremos que tengan este tono personal con el que necesitamos hablarle. Hoy no habrá formalidades.

Cada vez que una generación llega a la escuela, sabemos que unos años después la despediremos, diciéndole hasta siempre. Llegan las fotos, los diplomas y el momento en que cruzan la puerta para ir hacia otro ciclo.

Muchos ciclos se sucedieron. Muchas generaciones de alumnos entraron, crecieron, aprendieron, crearon vínculos y nos hicieron repensar el mundo a los docentes del Bernardo. Y fuimos viéndolos llegar, fuimos viéndolos ser, sentir y pensar siempre con una constante: con usted ahí, acompañándonos en ese proceso. Estaba usted ahí y juntos, entonces, recorríamos el camino.

Usted ahí cuando todo marchaba bien. Y usted ahí, de pie, ante toda circunstancia, también cuando algo dolía o nos hacía tambalear. Usted como referente, como lugar hacia el que mirar para saber hacia dónde ir. En lo profesional, claro. Y en lo personal, también.

Los estudiantes pueden definir con certeza y sensibilidad lo que sucede. Ayer, una alumna de sexto nos decía: “Adriana siempre fue una directora cercana”. Y así era para nosotros también. Cercana. Para hacernos pensar en nuestras prácticas. Para caminar con nosotros en ese trayecto en el que caminamos con los estudiantes. Y también para hacernos saber que nos veía a todos, alumnos, docentes, no docentes, a todos, siempre, con atención. Para dar una palabra de aliento cuando nuestros mundos personales nos hacían tambalear. Para sostener. Para acompañar. Para alegrarse con nosotros. Adriana cercana.

Podemos deducir que esto es porque hace muchos años que usted es nuestra directora. Y nos cuesta pensar la escuela sin Adriana Di Francesco. Pero no es solo una cuestión de tiempo. Es, sobre todo, una cuestión de trabajo, de compromiso, de autenticidad consigo misma y, entonces, con todos nosotros. Son horas de lecturas, son millones de palabras pensadas y compartidas, son tantas reflexiones hechas, son tantos proyectos puestos en marcha. Son sueños en común.

Y también es esto otro que hace a las escuelas, y que no es grandilocuente pero es lo que lleva a que hoy todos tengamos un nudo en la garganta mientras la despedimos: son sus “buenos días” de cada mañana, sus miradas del mundo puestas en el micrófono, sus exigencias acompañadas de su propia autoexigencia en el trabajo, sus gestos cuando necesitamos algo, sus “cómo va todo” cuando quizás no todo va tan bien, su sonrisa cuando las cosas marchan. Su mirada de orgullo mirando a los estudiantes producir. Su dejarnos hacer a los docentes, aunque no siempre estemos de acuerdo.

Y fundamentalmente, Adriana, son los abrazos de estos días. Abrazos que estuvieron latentes todos estos años y hoy pusieron a flor de piel los sentimientos sinceros y profundos, los muchas gracias que repetiríamos hasta el cansancio… y el nudo en la garganta que nos sigue acompañando mientras sabemos que nada de lo que podamos decirle será suficiente hoy, porque “las palabras nunca alcanzan cuando lo que hay que decir desborda el alma”.

Dolores, alegrías, angustias, orgullos, desazones, esperanzas, injusticias, risas, intensidades… todo eso conforma una institución, todo eso está cada día en una escuela. Somos felices, profundamente felices, de haberla tenido de Directora para acompañarnos así, con tanta profundidad, a vivir nuestra escuela con todo eso que fuimos compartiendo juntos.

Y uno no quisiera cerrar la carta porque suena a despedida y cuesta aceptarlo. Porque mañana entrar a la escuela será distinto. Pero tenemos que hacerlo porque también nos da felicidad saber que se trata de cerrar ciclos para elegir vivir otros. Y nos gusta acompañarla en eso porque sabemos que lo que sea, será con las mismas convicciones, con la misma entrega y con la misma garra.

Con la misma con la que no trabajó sola sino que conformó algo más: un Equipo Directivo, cuya existencia de a dos se sintió en cada mail que recibíamos de la escuela, en cada reunión de personal y en cada decisión, de las fáciles y de las difíciles. Eso nos entrega usted hoy también. Esa gestión hecha a la par.

Eso se vive en lo formal y en “eso otro” que hace a las escuelas. Por eso la emoción enorme de quienes vimos su abrazo con Alejandra el otro día, en el torreón. Ese abrazo que nos dice tanto.

Mañana la escuela será distinta, sí. Pero en Alejandra queda todo lo que trabajaron codo a codo durante muchos años. Así que podemos darle permiso para disfrutar, ahora, de su merecida jubilación. Quizás no la imaginemos descansando, pero es tiempo de que pueda seguir soñando y haciendo, fuera de la escuela.

Hoy nos toca decirle a usted la frase que les decimos a nuestros egresados cada fin de año:

“Se despidieron y en el adiós estaba la bienvenida”…

¡Tarea cumplida!

¡Gracias, Adriana!

Instituto Parroquial Bernardo D’Elía

 

 


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